La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
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Es curioso cómo las perspectivas que uno vislumbra del futuro pueden cambiar de un momento a otro. «Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», reza un proverbio yiddish, erróneamente atribuido a Albert Einstein.
Unas cuantas semanas atrás, mi vida transcurría tranquila, un poco predecible y bastante monótona. Mi trabajo consumía gran parte de mi tiempo productivo y, aunque me proporcionaba un ingreso estable y beneficios que me ayudaron a mejorar mucho mi salud, con cada día que pasaba, me dolía sentir que era un día menos dedicado a mi verdadera vocación, a mi verdadera pasión.
Los fines de semana se los he dedicado desde hace meses a editar las obras de otros autores, colegas del oficio. Esto me ha dejado sin energías ni deseo de trabajar en mis propias creaciones literarias. Tan es así, que los últimos dos libros que publiqué le ‘robaron’ tiempo a mis momentos de descanso o a procesos de edición que tuvieron que esperar.
Conste que no estoy renegando de nada; al contrario. Estoy agradecido de cada vivencia que me han traído estos años y de la bendición que fue para mí contar con un ingreso estable –y los ya mencionados beneficios en pro de mi salud– por tanto tiempo. Pero todo se acaba; un ciclo termina y otro inicia, una puerta se cierra y otra se abre.
Hace poco más de tres meses despidieron a Marcos del trabajo. Le dieron una mega liquidación que nos permitió saldar varias deudas y sobró como un tercio del monto que le dieron. A raíz de esto, él encontró un trabajo como intérprete independiente que le permite trabajar desde cualquier lugar. Este trabajo resultó mucho más tranquilo y mejor pagado que el que tenía.
La Librería Internacional –que, históricamente, me pagaba los libros conforme los iba vendiendo– me pagó en agosto de un solo golpe los 340 y pico de libros que me pidió en marzo. Además, hizo otro pedido de 20 libros más de mi última obra, Entre las sábanas, de la cual no he tenido noticias acerca de qué tanto se ha movido. No obstante, si por la víspera se saca el día, es muy probable que ahora en diciembre –que se cumplen los 120 días de emitida la factura de esos ejemplares– me depositen el monto total, también.
Destapé un ‘gusanero’ cuando quise cerrar por completo dos empresas que tuve hace años: tuve que pagar una deuda de más de un millón de colones del Impuesto a las Sociedades y del Timbre de Educación y Cultura más intereses moratorios que ambas empresas siguieron acumulando, a pesar de estar completamente inactivas e, incluso, dadas de baja ante Hacienda. Por si fuera poco, había un adeudo del Impuesto a las Utilidades en una de ellas por poco más de 380 mil colones que, por fortuna y gracia de la Divina Providencia, ya había prescrito, más otro adeudo a la Caja por ¡5 millones! de Cuotas Patronales de mis propios sueldos –que la empresa reportó, pero nunca me pagó por falta de capital–, deuda que justo prescribió el 6 de noviembre pasado. Con la intermediación de un diligente abogado y notario, estoy por terminar de cerrar ese capítulo próximamente.
El mes pasado me despidieron de Amazon, pues salí ‘favorecido’ en la rifa que le “cortó los alimentos” a 30 mil empleados gracias a la Inteligencia Artificial. A raíz de esto, hice un análisis del flujo de caja, contemplando ingresos y gastos hasta mayo del 2027. El colchón financiero que nos otorgaron ambos despidos, junto con el trabajo que ya tiene Marcos y una muy conservadora estimación de ingresos por ventas de mis libros, nos permitiría irnos a vivir en México para impulsar mi carrera como escritor. Antier anuncié a la mayoría mis contactos de una “venta de garaje” de todo nuestro menaje de casa, la cual se ha movido con bastante éxito, por dicha.
Hace unos días renové mi pasaporte mexicano (soy mexicano por naturalización) y Marcos ya tiene su visa de residente en virtud de su matrimonio conmigo. Estamos preparando todo para mudarnos para la Ciudad de México en abril, si Dios lo permite. ¡Hasta Tello (nuestro gato) ya tiene su espacio reservado en el avión! Los trabajos de edición me siguen llegando –incluso he rechazado un par por no coincidir con mi visión respecto a lo que deseo trabajar– y, aunque aún no he retomado la escritura por andar poniendo en orden lo necesario para irnos del país sin preocupaciones, sí tengo claro lo que voy a escribir (alerta de espóiler: segundo volumen de En Pos de la Gloria), que ya cuenta con una escaleta súper detallada y un mapa de la ciudad de Shapeir, donde ocurre la mayor parte de la historia.
Por años, estuve deseando poder dedicarme de lleno a la escritura. Por años, estuve soñando con regresar a México para promover mis libros en ese país, cuya escena literaria y cultural es mucho más robusta, activa y amplia que la de mi querida Tiquicia. Al fin, la Vida me está dando el empujón que necesitaba para hacerlo, pero no me está empujando a un abismo sin fondo, sino que me invita a dar un salto acrobático con una red de seguridad que me permitirá experimentar sin miedo al error, a arriesgar sin temor a perderlo todo. Y ya perdimos todo una vez, así que créanme que por ese camino no volvemos a pasar.
La última vez que Marcos y yo decidimos vivir en México, todas las bases estaban mal. No tiene caso detallarlo aquí –quizás algún día sea un relato en un futuro libro que aún ni siquiera he pensado en escribir–, aunque sí vale la pena tener las lecciones aprendidas muy presentes, para no tropezarse con las mismas piedras de nuevo. Al fin y al cabo, como dicen los Pensantes: «Olvidar un error, es el camino más directo para volverlo a cometer».
Sí, la vida te da sorpresas. Hay que recibirlas con los brazos abiertos, no desesperarse, respirar hondo, evaluar opciones y seguir adelante, con fe y confianza en uno mismo, en lo aprendido y en la abundancia del Universo.